De culpables e inocentes

2022-07-02 00:00:00 | Miguel Angel Aviles

Dicen que, entre la culpa y la inocencia, sólo hay una delgada línea.

Sé es o no pleno responsable del hecho que se te imputa y de eso depende que purgues una condena o grites a los cuatro vientos el disfrute de tu libertad.

Se puede ser declarado culpable sin serlo, pero también puede ser declarado inocente, aun habiendo cometido el acto sancionado por la ley.

Lo primero es injusto, lo segundo es impune.

Pero sucede.

Uno pagará por otro lo que no hizo, el otro soltará la carcajada, tal cual son todos los criminales impunes.

Lo observamos en la vida de a de veras y lo miramos en las películas.

Ambos supuestos indignan.

Porque uno, sin deberla ni temerla, recibirá una condena que era para otro, mientras otro, sabedor de ser lo que es, regresa con la familia, o la sociedad o la opinión pública, como quien no rompe un plato, victimizándose, recobrando todos los derechos que le habían sido suspendidos.

Afuera disfrutará de lo que acá dejó, antes ir a los tribunales para someterse a un proceso en donde, gracias a sus defensores —abogados o amigos que aún creen en él o en ellos— él queda limpio, gana su asunto y vuelve al ruedo, para seguir actuando como hasta ahora, exigiendo todo, y no correspondiendo con nada.

Estos casos son más frecuentes de lo que parece, sólo que no todos se mediatizan o no se conocen, y ni mucho menos se llevan a la pantalla grande, como ha pasado con algunos casos.

Hemos conocido al tipo que se le acusó de ser un homicida, un defraudador, un violador y resulta que en la trama se comprueba que “yo no fui, fue Teté, pégale, pégale, al quien fue” y al final un juez da un golpe en el escritorio con su mallete, lo declara inocente, más de uno en las butacas rueda una lágrima, en la peli todos se abrazan, aparece el the end, nos acabamos las palomitas y salimos, a obscuras, por donde todos hacen lo mismo.

Pero también nos han tocado esas historias donde ocurre lo siguiente:

Nos sumamos a la causa porque vemos que se pasaron de lanza con él.

Nos indigna el trato que reciben los acusamos.

Debatimos sobre su inocencia.

Probamos que lo son, echamos pleito en su nombre, nos ponemos la camiseta dándolo todo a su favor.

Día y noche damos o dimos la batalla exigiendo una sentencia o laudo conveniente.

Se consigue, salen en hombros, se les repone todo, se les paga lo que corresponde, disfrutan de todo lo que se hizo por ellos.

Pero, de pronto, cuando deben de ser recíprocos con quienes los ayudaron para gozar de lo que después de algunos años disfrutan, pues resulta que muestran su verdadera cara, esa que ya no aguantaban de sus personas y se “olvidan” de todos y todas que los ayudaron.

Entonces los solidarios se decepcionan y concluyen que esos dos o tres o cuatro que la jugaban de víctimas, son victimistas, sujetos delincuenciales, que se asumen como inocentes, como los que no quiebran un plato, incapaces de dañar a alguien, muy sensibles cuando se les exige, pero tan desleales.

Les dije que esto pasa en las películas, unas basadas en hechos reales, otras surgidas totalmente de la cabeza del guionista.

El problema surge cuando esos personajes se apartan de la ficción y te los encuentras en una oficina, en la calle, en el mercado, en un centro de investigación, en un bar, en la universidad, en un sindicato, en el barrio, en el día a día y optas por echarle la mano, ya sea porque te lo pidieron o decides ir hacia ellos, generosamente, para sacarlos de su bronca o para ayudarlos a paliar la carga emocional que juran llevar a cuestas.

Puede que uno los auxilie por solidaridad, por humanismo, por misericordia, por bondad, por camaradería, por manos prontas, por amistad, por compasión, por tenderle la mano simplemente.

Y también puede que sea porque acudieron a ti como profesionista: requieren de un abogado, de un psicólogo, de un psiquiatra, de un neurólogo, o de un terapeuta. Cualquier que ocupen, que bueno que no se automedicaron, se autoterapearon ni se autoasesoraron y decidieron ir con la persona indicada.

Te cuentan su verdad, el profesionista los escucha, es empático y agarrando al toro por los cuernos, se enfrenta al problema de tiempo completo durante los años que sea necesario —sea jurídico, médico o cualquiera— hasta conseguir resultados favorables y rendirle las mejores cuentas al paciente, o al cliente, no importa ahorita.

Éste queda complacido, resolvió su problema y se reintegra a la sociedad, alcanzando su libertad con una sentencia absolutoria, recuperando su salud luego de un puntual diagnóstico y las medicinas adecuadas o volviendo a su trabajo a los años de ser despedido, reinstalándose en el mismo lugar y con la misma gente. Esa que lo acusó de todo, él se decía injuriado y ahora, en un descuido, por abajito de la mesa, se toman de la mano, con clara señal de un posible síndrome de Estocolmo.

Como haya sido, se cierra la página y el o los favorecidos por el triunfo, vuelven, responsablemente, con quien los sacó del atolladero, piden la cuenta y pagan sin chistar lo ya pactado.

Esos son los ciudadanos rectos.

Esas son las personas congruentes entre el decir y el hacer.

Pero donde la puerca tuerce el rabo es cuando, así como el “inocente” nos sorprende al final de la película porque no era tal y engañó a todos los que lo apoyaron, defendieron, se la rifaron por él, así igualito, ese o esos pacientes, ese o esos clientes ya que están gozando de lo conseguido por el profesionista, muestran su verdadero rostro —como el homicida de la trama, como el violador de la serie— y actúan tal cual no decían ser: desleales, indisciplinados, traidores, pérfidos, evasivos , evasores , berrinchudos, negativistas desafiantes, con arrebatos emocionales si no se le permite hacer su santa voluntad, esa que, en gran parte motivó su cese o el quebrantamiento de su salud.

Estos “ciudadanos” no son rectos, son rectales.

Van por el mundo y su estrecho mundo, dañando, viviendo de otros, asegurando ser víctimas, cuando son victimarios.

La gran filosofa Lucia Méndez lo resumía de este modo:

“Dicen por ahí

Que sólo aman por interés

Que has engañado a más de tres

Que su amor tiene dos caras

Y nunca enseñan la del revés”

En su caso, el apoyo profesional ya no es optativo porque les urgen todos: un abogado, un psicólogo, un psiquiatra, un neurólogo, y un terapeuta.

Con razón dicen que, entre la culpa y la inocencia, solo hay una muy delgada línea.

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