Malagradecidos

2022-05-28 00:00:00 | Miguel Angel Aviles

Recuerdo esos días de adolescente en los que llegaba de la escuela y luego de echarle un ojo a lo que mamá había hecho de comer, expresaba una mueca, decía que no tenía hambre y me iba al cuarto a dormir una siesta o a pensar tonterías que nos pasan por la cabeza cuando impera la inmadurez y el mal agradecimiento.

Mi madre, haciendo de su pensión, malabares, se esforzaba y entregaba toda de sí para que, lo que a ella le correspondía realizar, cumpliera un objetivo, alcanzara un resultado y nosotros, los cinco herederos, viéramos que, pese a las dificultades propias de una realidad que le había tocado vivir, su misión, día con día, llegaba a buen puerto y en esa mesa de la cocina o del corredor, habría un plato lleno de amor para todos.

Se había entregado al cien, con tropiezos y errores, nunca con mala intención y no hubo año de su vida que no lo consiguiera, porque alguna vez supo que en cualquier labor teníamos que entregarnos en cuerpo y alma, antes que aventarte del barco y pretextar tempestades para justificar el fracaso cuando frente a uno mismo, el creador, los parientes, la almohada, la conciencia, los de tu alrededor, te pidieran rendir cuentas.

Lo que hizo y deshizo para que el saldo fuera siempre a favor, nunca lo vimos a detalle, como tampoco vimos seguramente todas sus lágrimas, sólo encontrábamos en la estufa el producto final, no sus idas y venidas a la tienda o al mercado, ni las noches de desvelo para lo que vendría mañana, ni los pesos que se contaron a solas, para que esto o lo otro pudiera comprarse y no faltara nadita de lo indispensable.

Es decir, había resultados y eso, mis queridos cinco mil lectores, era lo que importaba.

El fin justifica los medios, es esa máxima atribuida a don Nicolás y no falta quien lo ande citando tal como si lo hubiera escuchado decirlo en allá en L’Albergaccio, la taberna hacia donde se escabullía hace poquito, en 1512, cuando el astuto estadista, entonces con 43 años de edad, se hallaba en unas “vacaciones” forzadas y aprovechó para escribir su libro El Príncipe.

“Aguuuusto,el viejo” diría mi entrañable amigo y compadre, quien sobre este personaje y más, sabe un resto.

La que no sabía de él (de Maquiavelo, no de mi compadre) era mi madre y creo que tal ignorancia no le espantó el sueño, únicamente asumió el reto, caminó sobre las aguas y llegó hasta la otra orilla, sana y salva, creo aunque no tanto, pero ella, al final, en caso de haber rendido su informe, todos hubiéramos estado satisfechos y le hubiéramos dado las gracias con un beso en la frente, una cerveza bien helada, dos tacos de lengua, unas arracadas de oro, una casa mejor o el pago en dinero, sin objeciones, por lo que hizo.

No obstante, en ciertos momentos no vemos o más bien no queremos ver lo que alguien trabajó día y noche para satisfacernos y nos hacemos tontos (aquí cabría otra palabra), olvidadizos, ignorantes de lo que se nos dio, de lo que la otra persona intentó y logró, fielmente, sin traición alguna, pese a que había suficientes razones para mandar todo al demonio, porque ya era demasiado trajín o porque el beneficiado de esa cosecha buscada durante largos años, lejos de percatarse de todo lo conseguido a su favor, sigue sin ver una realidad que le pasó por encima.

A pesar de lo anterior, goza de lo logrado y ni así entra en razón, para corresponder en la misma proporción lo que trabajaron por él, mientras este, malagradecido ya, estaba en su habitación, cómodamente, nomás mirando al cielo, sobándose la sucia barba como un demente y en silencio, le echaba porras a su deplorable ineptitud.

¿Me desvié del tema?

Sí.

Como que agarré monte y lo acepto, okey, por tanto, me enderezo y sigo:

¿De qué estábamos hablando?

Ah, quería hablarles de los malagradecidos y resulta que una historia familiar, acabó siendo el material didáctico.

Perdón.

Pero bueno, yo buscaba referirme a los que creen que todo lo merecen, que no comprende lo que se esforzaron por él, que exige y exige, aunque nunca se pregunte si debe de dar algo a cambio o sabedor hace como que la virgen le habla, que no es capaz de entender nada de nada pero eso sí, cuando en los roles que jugamos como individuos —en la vida diaria, la familia, un trabajo, cualquier deporte, la amistad— un día le toca corresponder a favor del otro por todo lo que hizo por ti, como fue el caso de mi madre, por ejemplo, o un amigo o amiga, un desconocido que te echó la mano, un pariente que te sacó del apuro , un vecino que te prestó una herramienta ,o un experto en un oficio que te arregló lo que más te urgía o un profesionista que te sacó las papas del fuego cuando más ardían y volvieras a recuperar lo arrancado sin derecho y a la mala, sin razón alguna, grosera, desleal, nauseabundamente te da la espalda y se vuelve ojo de hormiga para no cumplir ni con la más mínima regla de urbanidad como pudiera ser un gracias.

Y no es porque que hizo a tu favor un bien lo pida. No. Es por la iniciativa del destinatario de tus actos quien habría de expresarlo.

“Claro, siempre y cuando seas un bien nacido”, me recordaría mi madre.

Pero de que sucede, sucede y estoy seguro que en ese ilimitado universo que es su memoria ya estarán recordando algún episodio propio, y en esa teatralidad que nos viene a la mente, unos son esa madre que describí al inicio y otros juegan el condenable papel del hijo que prefirió andar el camino como Judas hacia una cena que hoy pudiera valer cuatrocientos monedas de oro, quizá más, muchos más, dependiendo de qué tamaño sea la desfachatez y su vergüenza .

¿No me crees? ¿Te gustaría conocer a estas personas?. adelante. Entrégate, como mi madre, cien por ciento por él. Luego fíjate cómo te trata cuando ya no te necesita.



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