Aniversario

2022-05-23 00:00:00 | Joaquín Robles Linares

Juan Bautista de Escalante, militar con grado de alférez, súbdito leal de la Corona, había recibido la orden de trasladarse. Llevar un registro puntual de lo que sucedía y que además aquellas compañías volantes compuestas por soldados virreinales ejecutaran actos de Gobierno, el Imperio no existía si no se hacía presente.

Al llegar, acompañado de Adamo Gilg, S.J. se acercan al jefe de aquel grupo indígena localizado en lo que hoy es el vaso de la presa Abelardo L. Rodríguez, sitio apacible donde se unían dos ríos que a ratos se escabullían entre los arenales, afluentes de escaso volumen, pero un lugar propicio para la agricultura.

La primera queja de aquellos pimas, ya acostumbrados a la presencia de estos europeos de llamativas vestimentas, era una fundada reclamación, advertían que eran hostigados por otros pueblos beligerantes de la zona, principalmente seris. Después de la ceremonia de recibimiento vendría el relato en voz del jefe Pedro Baricua.

Fiel a la tradición española, Bautista de Escalante levantó un acta, documento necesario en aquel virreinato cautivado por las formalidades. Después se procedió a identificar a aquel lugar con un nombre cristiano y, como era la costumbre, se acudió al santoral para reconocer el día: 18 de mayo de 1700, día de la Santísima Trinidad. A aquella pequeña aldea se le añadió el término autóctono con el que había sido antes nombrada por aquellos pimas: Pitiquim.

Aquel poblado se llamaría a partir de ese día: La Santísima Trinidad del Pitiquim, después de todo el trámite que exigía la burocracia novohispana, se celebró una misa oficiada por aquel misionero europeo.

El padre Kino hará mención de aquel pequeño poblado ya con su nombre mestizo. Durante ese largo siglo se irá consolidando esa pequeña villa, primero apoyada por un presidio y después con una dotación de tierras a las distintas familias llegadas al lugar, se construyen incipientes obras de pequeña irrigación para fortalecer el arraigo.

El agraciado nombre de Pitic se transmitirá sucesivamente hasta 1828, cuando la vecindad cambie al nombre de Hermosillo, en pos de una identidad regida por los nuevos mexicanos, buscando congraciarse con un nuevo e incipiente patriotismo. Pitic, aquel nombre corto y atractivo, se pierde definitivamente con la independencia.

La capital queda en disputa y peregrina entre varias ciudades. Hermosillo quedará como sede de los poderes hasta 1879, temporalmente, ya de forma definitiva hasta 1917.

Hermosillo fue una ciudad estable, esta población casi insular, fue forjando su identidad así como la de sus habitantes. Al revisar las crónicas dan cuenta de una sociedad menos hermética y más permeable, con instituciones algo débiles, principalmente: Iglesia y Gobierno.

A partir del siglo XX la ciudad empieza a crecer, los últimos 40 años de forma desordenada. Eso ha provocado contratiempos en distintos temas: Agua, vialidades, transporte, seguridad y otros. La visión con la que se resuelven los problemas son de corto plazo y la contienda electoral continúa durante los trienios, convirtiendo el ejercicio de Gobierno -en ocasiones-, en una feria de costosas ocurrencias

La seguridad se ha transformado en un problema serio, se suscitan hechos graves y no hay información confiable. La convivencia se ha tornado exasperante, el ruido es un problema que cunde sin control, las quejas por este fenómeno abundan.

El agua es una contrariedad que se ha prolongado demasiado, provoca enfrentamientos y castiga la calidad de vida.

Llegamos a otro aniversario y lejos queda aquel día fundacional, el antiguo Pitic, hoy Hermosillo, merece un mejor futuro, a pesar de todos los problemas habrá que conseguirlo.


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