Mi gusto es… (O la otra mirada) | El malabarismo y los malabaristas

2020-01-11 | Miguel Angel Aviles

El malabarismo es el arte de manipular y ejecutar espectáculos con uno o más objetos a la vez volteándolos, manteniéndolos en equilibrio o aventándolos al aire sucesiva o simultáneamente, sin dejar que caigan al suelo.

Esto último es el chiste.

Es algo bonito y de mucho oficio pues se necesita cierta habilidad psicomotriz por parte de quien lo realiza, al cual se le llama malabarista, mas no cualquiera lo es.

Yo, por ejemplo, lo he intentado y los resultados son desastrosos. Sin embargo, como ya lo he dicho, soy un admirador de esas personas que saben hacer cosas que yo no sé hacer. Significa entonces que admiro a mucha gente. Mucha.

Con esa admiración fue como me quedé viendo este viernes por la mañana a esa pareja que hacía de las suyas en la confluencia de Obregón y Pino Suárez, en el centro de esta ciudad mientras cambiaba el semáforo.

Con dos mazas en cada mano como instrumento de trabajo y un sombrero que se alternaban al ritmo de su espectáculo, ella y él, de Uruguay y Guatemala ofrecían su efímera función a cambio de levantar algunos pesos.

Supongo que se requiere un montón de práctica. De lo contrario, aquello nomás se queda en el intento.

Estos dos jóvenes, seguramente, alguna vez no sabían nada de nada como yo ahora, pero luego de días de ensayo con naranjas, con pelotitas, con unas chanclas, ahí los tenemos ganándose la vida de esa manera.

En cambio, habrá quienes se avienten a la brava y sin vergüenza alguna los veamos ofreciendo su ridículo.

Porque de todo hay en la viña del señor.

Y así como uno lo observa en lo privado, también lo mira en el servicio público. Pa’qué nos hacemos.

Es decir, hay quien se prepara y sale al ruedo a darlo todo, a entregarse, a saber, qué hacer, a resolver lo que se presente o, mínimo, a no improvisar para que no se te caigan de las manos los problemas para los cuales dijiste que tenías una infalible solución.

Hay otros que, sin más ni más, y validos de la ocasión, los verás haciendo cualquier cosa, pero nunca eso para lo que dijeron que eran unas chuchas cuereras.

Estos son otro tipo de malabaristas: son los que malabarean con el discurso, con el lenguaje, con la palabra y terminan diciendo nada o respondiendo lo que nunca se les pregunta.

Me temo que son los más.

Pero si los malabaristas de verdad, como los que me hicieron que me quedara en la banqueta para verlos, requieren de mucho oficio pues se necesita cierta habilidad psicomotriz por parte de quien los realiza, tratándose del ejercicio de gobierno no debería ser distinto.

Dije “no debería”. No obstante, lo es. Preponderantemente lo es.

No sé cuánto pudieron juntar estos virtuosos malabaristas durante el rato que mostraron su destreza frente a nosotros, pero, lo que haya sido, lo ganaron por lo que sabían hacer bien.

Los otros, los malabaristas de lengua y ocasión, pasan a caja porque lo que apenas hacen o, de plano, por lo que no quieren hacer.

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