A propósito | Indígena y español

2019-05-28 | Noé Becerra

Cuetzpalli, como se refirió en el artículo anterior, era un presidente llegado al poder después de un batallar diario por más de dos décadas. Pero, desde luego, arrastraba consigo comportamientos en su personalidad que no auguraban nada bueno para el común de los gobernados bananeros.

A esto se suma una estrategia de Cuetzi, muy bien diseñada en el arte de la manipulación y cómo enganchar a la opinión pública para que crea en su presidente cual si fuera Dios llegado a la tierra desde los más remotos confines de la Gloria Celestial.

Lamentablemente, Cuetzi empezó a pelearse con todo mundo que si bien se explica, —más no se justifica—, durante su persistente campaña, nadie entendía porqué siendo presidente, Cuetzi continúa con las mismas fobias y cantaletas de antes.

Es fiel a una estructura mental muy propia de los pobladores de Bananamex. Si con ello viene batallando Cuetzpalli, debe desterrar primero sus propias fobias, complejos y demás características del bananero común, pues en el largo trecho que le falta por recorrer encontrará serios obstáculos que no podrá superar, salvo que endurezca su línea y estilo personal de gobernar.

Es de explorado estudio de literatos y psicólogos, que la caracterología de los bananeros se encuentra impregnada de prejuicios y de una mezcla de verdades y mentiras. Cuetzi no escapaba de ello, sus propios orígenes y formación de vida le había concedido la fama de ser uno más de los bananeros. Un ordinario.

Todo ello no lo aporta el poder, si bien es cierto, hace sentir al gobernante con tal fuerza, que se cree indestructible y dueño de vidas y haciendas. Cuetzi estaba cayendo en ese laberinto. El problema era de formación en un ambiente donde los bananeros sentían identificación por ser tan ordinario como ellos.

Cuetzpalli no alcanzaba a comprender que el desempeño de una función pública como la que desempeñaba en ese momento, está sujeto a la crítica de los gobernados. Por eso, en el ejercicio diario del poder, Cuetzi se dedicaba a simular, siempre simular, con ese sentimiento de inferioridad tan propio de los bananeros.

Sus amigos intelectuales siempre le recordaban lo expuesto por Octavio Paz un brillante literato de otro país hermano, “El bananero excede en el disimulo de sus pasiones y de sí mismo. No camina, se desliza; no propone, insinúa; no replica, rezonga; no se queja, sonríe; hasta cuando canta, lo hace entre dientes y a media voz, disimulando su cantar”.

Aceptar la crítica de los demás, impactaba en el umbral de la tolerancia de Cuetzi. La crítica le enfermaba. En su soledad reflexionaba sobre quienes le criticaban sus comportamientos como primer mandatario de Bananamex.

Su doble influencia indígena y española le causaba escozor.

O usted, ¿qué opina amable lector?

El autor es abogado postulante por la UNAM, ha sido catedrático universitario en varios Estados y articulista en diversos periódicos del país.

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