El gobierno que viene

2018-07-15 | Omar Alí López

Hemos dicho en varias ocasiones en este espacio que siempre debemos respetar la decisión de la mayoría; estemos o no de acuerdo. Pero así son los principios que seleccionan las sociedades para coexistir sanamente desde su origen como nación. En otras palabras, cada país selecciona su modo de vida y de gobierno. Así ha sido siempre y así debería de continuar, porque ese es el principio de la libertad.

No por el hecho de que existan algunos cuantos opositores a un modelo de gobierno significa que se deben acatar todas sus demandas. Así no es la cosa. Por supuesto que siempre debemos escuchar a las minorías, eso es claro. Ellas conviven con nosotros y nuestra capacidad para respetarlos también forma parte de la democracia y de la civilidad.

Los griegos creían en la democracia como la mejor manera de dirigir a un país. La historia nos dice que tenían razón, aunque las dictaduras y las monarquías no han desaparecido del mundo –hay 43 países que viven bajo una monarquía–.

México ocupó el puesto 66 en el índice de democracias en el mundo, según Democracy Index 2017 de The Economist, y de acuerdo a esta clasificación se considera la mexicana una democracia imperfecta. Varios factores (Si las elecciones nacionales son (realmente) libres y justas; la seguridad (personal) de los votantes; entre otras) determinan el puntaje que proporciona esa clasificación, y compartimos el mismo nivel que Japón, Estados Unidos, Corea del Sur, Italia, Croacia, entre muchos otros países con democracias imperfectas.

En esa lista, Noruega, Islandia, Suecia, Nueva Zelanda y Dinamarca llevan los primeros lugares, junto con otros 14 países que tienen democracias plenas.

En este sentido, las propuestas del nuevo gobierno federal en materia de organización política administrativa respecto a los estados deben ser motivo de reflexión para todos. Hay que tener cuidado con invadir el terreno del federalismo excusándose en la lucha contra la corrupción. Eso no contribuye mucho a la democracia, porque significa pérdida de la confianza hacia los estados que conforman el país.

El federalismo representa la “necesidad de los pueblos y comunidades diversas de mantenerse juntos para conseguir un fin común al tiempo que se preserva la identidad de cada uno de ellos”. Y en este tenor debe existir confianza de la federación hacia los estados, porque lo que la caracteriza como tal es distribuir el poder y la soberanía entre las entidades que componen al país. Y eso no es precisamente lo que estamos viendo en el horizonte.

La unidad que buscan las estructuras federales supone cooperación y coordinación de las entidades que las componen. Un Estado federal se basa en el “reconocimiento de las diferencias, pero también en la cooperación y corresponsabilidad de quienes detentan las diferencias a favor de unos fines comunes”.

Con la mayoría del Congreso de la Unión en manos de un solo partido político es seguro que los cambios que se están proponiendo se cumplan totalmente; pero cada uno de nosotros tenemos derecho a disentir y sugerir, argumentos implícitos, sobre las prácticas que regularan las nuevas formas de gobierno de nuestro país.

En una democracia federal, el poder es difuso, la soberanía se la reparten todas las entidades que forman el Estado, por ello no deberíamos repetir los errores que en la historia de México demostraron ser retrocesos para la construcción de nuestra nación

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